Monday, January 26, 2026

Muerto en vida

Tenía todo para ser “feliz”; sin embargo, la soledad lo eligió a temprana edad. Insistente, lo acogió en su seno esponjoso y pegajoso, y ya no lo soltó. Creyó haber descubierto el amor en más de una oportunidad, aunque no era otra cosa que una dependencia emocional evidente: una necesidad intensa de sentirse acompañado que, a veces, derivaba en relaciones hirientes, degradantes y hasta denigrantes.


Jamás logró encontrar un propósito. Cada proyecto en el que incursionó terminaba, tarde o temprano, precipitándose en un sinsentido inmanejable. No consiguió quererse a sí mismo, ni siquiera un poco.


Con el paso del tiempo fue perdiendo enfoque y carácter. Nunca conoció la calma ni la paz desde que tuvo memoria. Al menos comprendió que los límites no lo encarcelaban, sino que lo protegían. Su intuición se fue entumeciendo lentamente, como un músculo olvidado. Aun así, su valentía le permitía salir de la cama cada mañana, pese al nefasto diálogo interior que se desplegaba en su mente y repercutía tanto en su estado de ánimo como en su salud mental y física.


El miedo al despropósito de la vida cotidiana se manifestó en su cuerpo descuidado en forma de tumor. Buscó respuestas, se informó, intentó transformar ese dolor existencial, esa angustia anclada en el niño roto que convivía en él. Su esfuerzo —casi desesperado— por remar hacia la otra orilla lo encontró, una y otra vez, de manera insospechada, habitando espacios de una vulnerabilidad lastimosa.


Su risa solía devenir en llanto; confundía el atardecer con el amanecer. Anhelaba ser amado de forma incondicional. Un nudo lo acompañó a lo largo de su trayecto triste y errante. Estaba harto de no tener, al menos, una prioridad.


Sin rumbo, atormentado y decepcionado consigo mismo, encontraba un consuelo frágil al imaginar que aún quedaban los recuerdos: lo único que permanece después de desistir.