Este texto pertenece a un monologo que compuse y represente en una muestra teatral.
La vida tiene limites que son difusos, me es difícil diferenciar la frontera entre lo real y lo irreal, lo visible de lo invisible, lo audible de lo inaudible.
Recuerdo de niño observar el movimiento de las hojas de los árboles con la brisa: ellas me saludaban pero cuando soplaba fuerte ese saludo se transformaba -en mi mente maltrecha- en una risa burlona.
Alguna vez te sucedió ver caras y formas cuando observas el cielo con sus nubes? Desde que tengo memoria veo formas y caras en cada una de las paredes que me rodean. Las manchas se transforman en ojos que me observan, interpelan y vigilan cada uno de mis movimientos hasta tal punto que siento vergüenza y hasta pudor cuando me desvisto en mi propio cuarto.
Un tiempo mas tarde- el cual me es difícil determinar-empecé a oír a esos ojos decirme cosas que en un principio no podía entender. Paulatinamente esas voces se fueron tornando en un grito intrusivo y exigente al punto de escuchar cosas como “mátalo! mátala!”.
Y acá estoy: tratando de sanarme a través de la comunicación, contándote sobre mis experiencias sensoriales.

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