Tuesday, April 16, 2019

Síndrome


No sabe, no aprendió a llorar. Desconoce la sensación de desahogo, largar ese nudo duro, denso que tensa la mandíbula y hace que uno respire de forma superficial: inspiraciones cortas que apenas permiten que el aire llegue a la parte alta de los pulmones y el cerebro quede confundido, diezmado en su capacidad y funcionamiento por la falta de oxígeno.

Ese no poder dejar que las aguas derriben las compuertas, que el viento levante polvareda y que la lluvia con sus gotas lagrimosas riegue la sequía del alma– le genera una tristeza constante, eterna e ininterrumpida. Convive con esa tristeza cual si fuera su propia sombra. La sigue en todo momento y lugar sin importar circunstancias. Es un síndrome con el cual se ha acostumbrado a convivir. Aprendió -como pudo- a sobrevivir los desafíos irreversibles que han ocurrido en el correr de su existencia. Cada persona coexiste con los suyos, únicos como lo somos cada uno y una de nosotros.

Aquel día, una parte de ella había muerto. Su vida obstinada continua y la última oportunidad esta por partir. Ella corre desesperadamente los trescientos metros que la separan de ese tren. Los vagones se disponen a seguir su rumbo y ella no sabe si llegara a alcanzarlos. El cielo y el suelo no se diferencian – una neblina densa borronea el horizonte. Comienzan a escucharse los chirridos de las ruedas de acero sobre las vías. La oscuridad y la bruma no permiten ver más nada. Extenuada, alcanza el vagón trasero de la esperanza. Una vez en él, se da cuenta que no existía nada, había sido todo un espejismo- producto de su desesperación. Sin embargo, su ilusión no murió porque nunca había siquiera nacido.

El desencanto se apodero de su vida como tumor maligno. La monotonía la mantenía hipnotizada en un letargo indefinido. La resignación se adueñó de su voluntad. El tiempo –imperceptible- la fue aniquilando de a poco hasta que llegó el momento culmine, el instante en que no pudo soportar un segundo más su absoluta mediocridad y grito a los cuatro vientos: “la puta que me pario”.



Thursday, March 28, 2019

¿Por qué cómo qué?


No recordaba la última vez que se había sentido a sus anchas. Se hallaba perdido, ajeno a sí mismo. Ya no sabía más -con certeza- quien era él. Sus músculos estaban entumecidos, casi atrofiados por la falta de actividad. Intuía que algo dentro suyo se estaba pudriendo. Carecía de propósito, metas y ambición alguna. Una repugnante resignación lo abrumaba. Su presente era un desconsuelo agobiante.

La confianza hacia otras personas se había evaporado hace un tiempo difícil de cuantificar. Sin embargo, seguía admirando a ciertos individuos. Uno de estos individuos - lo inicio en un mundo platónico, donde solo las intenciones cuentan. Desde esta nueva perspectiva, comenzó a experimentar algunos cambios, percibía que su alma paulatinamente le volvía al cuerpo.

Lo primero que noto fue la ausencia del ¿qué?. Todos los planteamientos existenciales en torno al ¿qué? de las cosas, personas y el universo todo – se esfumaron, desaparecieron para siempre.

Lo segundo que advirtió -pasado un periodo no muy largo- fue la ausencia del ¿cómo?, sin siquiera darse cuenta de qué y cómo fue el proceso que lo llevo a esta instancia perceptiva. Comenzó a disfrutar de la liviandad de ir por la vida sin los ¿qué? ni los ¿cómo?.

Lo último que recordó perder fue el ¿por qué? de las cuestiones que nos rodean a diario. A partir de esa época, pasaba días enteros levitando. 

Cada vez entendía menos a la sociedad a la cual supo pertenecer. No lograba comprender asuntos políticos, cotidianos ni de ninguna índole pragmática. Su vida anterior quedo definitivamente enterrada en un lugar desconocido. Su mundo se restringió a sí mismo. Había logrado un equilibrio mental y emocional impensado unos meses atrás.

Corto tiempo después de haber alcanzado tal poder de abstracción, su cuerpo se mimetizo con la transformación iniciada por su mente. Sus libros leídos infinidad de veces, sus vinilos escuchados hasta la saciedad y la culpa - solapada, disfrazada con sus ropas más disimiles, irreconocibles y extravagantes- lo acompañaron en su viaje postrero hacia el cedro y el bronce.



Tuesday, March 12, 2019

Oxígeno


Un último coletazo dio el pez tratando de escaparle al oxígeno que termino envenenándolo.

Murió- al fin- para volver a ser parte de la nada. Ahora es libre y huye del cuerpo en el cual estuvo enjaulado toda su vida.

Otros peces siguen nadando en el ancho mar, presos de sus errores y aciertos; de sus convicciones y sus dudas; de sus miedos, decisiones, pasiones, tristezas y cantidad de otros sustantivos abstractos imaginables y acordes a la carga vital.

Los delfines, los mamíferos más inteligentes según expertos en el tema, viven cautivos de sus pensamientos. Si entendieran la lengua castellana y supiesen leer – les escribiría cuentos inverosímiles que los ayudasen a evadirse de su entorno y realidad acuática.

En cambio, con los monos y chimpancés - seres dicharacheros como pocos- me sentaría a comer una picada, a tomar unos tragos que raspen el garguero y les hablaría de las cosas que más me apasionan – que no son otras que las incoherencias, contradicciones, absurdos, y locuras que forman parte de la condición humana.

El oxígeno se me está terminando: debo volver a la superficie, a mi equilibrado y sensato yo - que terminara envenenándome.